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Cuando el paciente es un presidente, toca obedecer

El sistema de médicos militares ha obstaculizado tanto el derecho del público a saber el estado de salud del presidente que debería crearse una comisión para reevaluar su práctica, dicen los críticos.

WASHINGTON — La excursión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por el Centro Médico Militar Nacional Walter Reed el domingo por la noche, sus repetidas solicitudes para ser dado de alta y su agresiva negación de la gravedad del coronavirus subrayan el problema inusual y precario que se le presentó a su médico: su paciente también es su jefe.

En el caso de Sean P. Conley, médico de la Casa Blanca y miembro de la Marina, el paciente es su jefe y también es su comandante en jefe. Desobedecer los deseos de Trump podría considerarse como insubordinación, uno de los delitos más graves para los militares.

Trump, como muchos presidentes, eligió a un médico militar porque, desde hace mucho tiempo, han sido considerados como los guardianes más confiables de la salud presidencial y la información médica que debe guardarse celosamente.

Conley, quien se desempeñó como médico de emergencia en la Marina de Estados Unidos, donde tiene el rango de teniente comandante, dijo el lunes que si bien el mandatario “no estaba fuera de peligro”, estaba de acuerdo con la decisión de Trump de abandonar el centro de salud militar en Bethesda, Maryland.

“El presidente ha sido un paciente fenomenal durante su estadía aquí, y ha trabajado mano a mano con nosotros y el equipo”, dijo Conley en una conferencia de prensa en el Walter Reed, en la que anunció que Trump dejaría las instalaciones.

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“Él nunca nos ha presionado a hacer nada”, agregó el médico.

Aunque es común que quienes sirven en el ejército sean tratados por un profesional médico de menor rango, solo el presidente ostenta el título de máximo jefe y, en el caso del Walter Reed, técnicamente tiene el mando de todo el centro médico. Al igual que otros presidentes, Trump eligió un médico que mantendría la narrativa de su estado de salud.

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“Los presidentes toman estas decisiones basándose en la política, antes que la medicina”, dijo Matthew Algeo, autor de The President Is a Sick Man y otros libros sobre la presidencia. “Y, entre la política y la medicina, hay un conflicto inherente”.

Algeo dijo que el problema había obstaculizado tanto el derecho del público a conocer el estado de salud del presidente que debería establecerse una comisión para reevaluar cómo el encargado de la Oficina Oval recibe atención médica.

Trump está lejos de ser el primer mandatario en tratar de minimizar una condición médica, otros han ido más lejos en sus esfuerzos. Lo que sucede es que el equipo de Trump ha sido particularmente torpe al manejar su condición, dijo Algeo.

Abraham Lincoln estaba incubando la viruela cuando pronunció el Discurso de Gettysburg, una condición que sus ayudantes minimizaron posteriormente. Woodrow Wilson tuvo un derrame cerebral que se ocultó durante cuatro meses y lo incapacitó en gran medida hacia el final de su segundo mandato. La cirugía de cáncer de Grover Cleveland estuvo oculta durante casi un cuarto de siglo. Franklin D. Roosevelt (FDR) y sus colaboradores disfrazaron su incapacidad para caminar sin ayuda, debido a una enfermedad paralítica, así como una serie de graves dolencias al final de su vida. Warren G. Harding tenía un problema cardíaco que no ha sido revelado.

“Mi impresión es que FDR probablemente negaba lo grave que era su condición”, dijo Susan Dunn, profesora de humanidades en Williams College y autora de un libro sobre el expresidente. “También fue una temporada de elecciones para FDR, cuando su salud empeoró de manera tan dramática. Quizás Trump, como FDR, también niega la gravedad de su enfermedad”.

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Dunn sostiene que Trump se había “comportado de manera irresponsable y con deliberada ignorancia sobre la gravedad de la pandemia, una verdadera crisis de salud pública, y su insistencia en dejar el hospital solo subraya su comportamiento juvenil y egoísta”.

Las formas de los medios modernos, en particular las redes sociales, hacen que ocultar cualquier enfermedad o deterioro sea mucho más difícil que en generaciones anteriores. De modo que el médico de Trump parece haber elegido otro camino, omitiendo los detalles con vagas líneas de tiempo y un lenguaje impreciso.

Por ejemplo, Algeo dijo que no admitir que Trump requirió oxígeno le “recuerda a la parodia de Monty Python en la que uno de los caballeros al que le cortaron una pierna y luego la otra pierna y luego un brazo dice: ‘Solo es un rasguño’”.

El resultado de la hospitalización de Trump ha sido una confusión generalizada entre quienes pueden haber sido expuestos por el presidente y otras personas a su alrededor que dieron positivo por el virus, y una sensación de que su atención está siendo más coordinada por el Ala Oeste que por los profesionales médicos.

Más inusual es la insistencia de Trump en tratar de reanudar sus actividades normales cuando tiene una enfermedad altamente contagiosa y notablemente volátil, una que es particularmente peligrosa para los hombres de su edad y peso.

“Tener una enfermedad infecciosa no es una razón para mantener a alguien en el hospital”, dijo Leana Wen, excomisionada de salud de la ciudad de Baltimore. “Pero si existe la sospecha de que un paciente pondrá en peligro a otros, a sabiendas y deliberadamente, debería haber una discusión sobre mantener a ese paciente en el hospital contra su voluntad”.

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Pero la mayoría de los expertos coincidieron en que los mandatarios tienen la última palabra sobre su atención médica de una manera que no se presenta en la mayoría de los pacientes dentro y fuera del ámbito militar, y esas decisiones terminan reflejándose en los médicos que hablan de sus casos en público.

“En última instancia, todas estas decisiones recaen en el presidente, y eso está poniendo a los hospitales y médicos en una mala posición”, dijo David Lapan, exfuncionario de los Departamentos de Seguridad y Defensa Nacional y coronel retirado de la Marina. “Cuando los médicos salen y dicen cosas en conferencias de prensa que se consideran falsas o confusas, eso hace quedar mal al médico y al ejército”.

El lunes, Conley no dijo si le aconsejó a Trump que fuera a una recaudación de fondos en Nueva Jersey el jueves por la noche. “No voy a entrar en el tema operativo”, dijo, objetando la opinión del presidente de que el coronavirus no era algo que temer. “No voy a entrar en eso”.

Sheryl Gay Stolberg colaboró en este reportaje.

Jennifer Steinhauer ha sido reportera de The New York Times desde 1994. Ha trabajado en las secciones de Metro, Negocios y Nacional, y se desempeñó como jefa de la oficina del Ayuntamiento y jefa de la oficina de Los Ángeles antes de mudarse a Washington en 2010. Es autora de una novela, dos libros de cocina y The Firsts, la historia de las mujeres del Congreso 116. @jestei

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Jose Veras

Director general de Montecristi News
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